Falco Desert, una aventura en el desierto

Terminamos esta  semanita con la crónica de nuestra compi Lola Bezper y su aventura en la Falco Desert

“Desde el primer momento que decidí lanzarme a vivir la aventura de correr por el desierto del Sahara, sabía que iba a vivir algo más que una simple carrera.

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No se trata de ir a una carrera, correrla y volver con tu trofeo, la Falco Desert son seis días de convivencia, de las carreras que hacen que no sólo te traigas recuerdos, sino amigos con los que has compartido una vivencia única e irrepetible. Una carrera de 45km con 1200 de desnivel positivo, donde tienes que poner a prueba tu resistencia en climas extremos e ingeniártelas para conseguir que la arena no se convierta en tu peor pesadilla.

La organización me dijo que desde Málaga íbamos cuatro personas, una de ellas muy conocida, que lleva ya unos años en esto del Trail, vaya si lleva… se trata de “Súper Paco”, su hijo Elziart y Rubén. El viaje camino a Almería fue para conocernos mejor y ponernos al día de nuestras últimas hazañas y proyectos. Durante todo el camino no pararon de decirme el nombre de cada montaña que íbamos pasando, algo que me hace respetar a las personas que tengo a mi lado, no se habla de tiempos de subida o si hay una carrera que te lleve a ese pico, solo se habla de la montaña, de las diferentes rutas que hay para encumbrarlas y por su puesto cuando puedas te las enseño y la hacemos. Cuanta gente necesita la montaña así, gente que la admira, que solo quiere enseñar lo que sus ojos ven a diario a los demás, gente que ha convertido sus pasos diarios en entrenamientos de muchos.

Al llegar al destino, el puerto de Almería, la organización nos estaba esperando tal como ponía en el programa, tenía nuestros pasajes y empezamos a conocer al resto de participantes.

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¡Partimos hacia el desierto! El viaje en barco una odisea por el temporal. Una vez llegados a Melilla, había un bus que nos llevaría a nuestro destino final. El trayecto es largo, da para ver algunas películas, presentarnos uno a uno, paradas para comer algo y entre risas y alguna cabezada llegamos al desierto, concretamente Merzouga, albergue Les Flamants Roses.

El día siguiente hicimos la toma de contacto con la arena. Entrar en el desierto, algo que todos estábamos deseando, así que nadie flojeó, nada más desayunar nos fuimos a subir algunas dunas. Al terminar, empezamos a contrastar opiniones de nuestras polainas, los inventos de cada uno y la cantidad de arena que había entrado. Pero lo que nadie había caído era en las gafas de ventisca, al hacer viento nos entró arena en los ojos por los laterales de las gafas de sol. Es una cosa que no leí en ningún sitio y nadie cayó en la cuenta, así que no las olvidéis si tenéis pensado ir al desierto, hay diferentes marcas que las tienen. Al día siguiente a las 7:00h aparecimos con distintos tipos de inventos de polainas, según nuestra visión de carrera.

Por la tarde fuimos de paseo en 4×4, ahí la organización nos explicaría el recorrido, dónde estarán situados los avituallamientos, etc. 

Me encantó de qué forma se hizo: el primero en un oasis al bajar la primera duna, el segundo en la casa de una familia bereber, y los demás por mitad del recorrido. Algo diferente que hace bonita esta carrera.

Ya en la cena empezamos a hacer nuestras cábalas de cómo afrontar la carrera, incluso hubo quien me dijo que me acompañaría en toda ella y en el kilómetro tres tiro hacía delante como si no hubiera un mañana, la verdad que iba un poco retenido a mi ritmo y al final acabó el séptimo de la general… menos mal que no había entrenado.

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En el transcurso de la carrera coincido con un corredor que lleva el mismo ritmo que yo, así que decidimos hacerla juntos, contándonos batallitas y lo típico de “me duele aquí, me duele allí, si puedes tira tú…” qué voy a contar. Todo un placer disfrutar de compañía durante seis horas, entrar en meta acompañada es un lujo, sí señor.

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Correr entre dunas, subir y bajar por la arena, es algo diferente. Ver cómo cambia el color de la arena conforme avanza el día, llegar al llano final antes de meta, viendo a lo lejos un palmeral que es el que da entrada al desierto, en este caso sería la salida para nosotros, la llegada a la meta tan ansiada. Desde lejos veo unas figuras de corredores, no es un espejismo, que sería lo más normal en el desierto, son los corredores que han venido a cumplir otro reto.

Además de mi primer compañero de fatigas, que ya me di cuenta que es incombustible, y cómo se le quedó corta la maratón, ahí que siguió otros quince kilómetros más,  en busca del gran protagonista de esta prueba, ni élites ni superaciones, ni que ocho cuartos. Un hombre que no mira si hace más calor me tomo más sales, o si hace viento me pongo el corta vientos “tal cual” sino: “yo llevo mis dos bocadillos, y me pondré unas gafas de sol porque me obliga la organización”. No hay retirada en su cabeza, no sabe lo que es rendirse. Cuánto que aprender de personas así, de corazón limpio y pensamientos positivos, te engrandan tanto sus conocimientos, que te haces pequeña a su lado.

Cuento esta anécdota de “Súper Paco”, porque nos definen nuestras actitudes, nuestra manera de comportarnos ante la misma situación dos personas muy distintas. Un gesto que algunos puedan ver absurdo, simplemente subirse al resalte del filo de una barra de un bar a pedir, como cuando tenías nueve años, en aquel entonces porque no llegabas a ver al camarero, ahora no se porque me sigue saliendo igual, y miras a la persona que tienes a tu derecha un hombre de 73 años que  está haciendo lo mismo que tú, me hace pensar…. ¿Cuándo se es mayor…? , ¿ Cuando empezamos a ponernos barreras….?. Creo que la edad y los límites los ponemos nosotros.

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La Falcodesert partió de la Organización Viento Norte-Sur, una entidad sin ánimo de lucro que colabora en el desarrollo para mejorar las condiciones de vida de distintos países, incidiendo en las causas de pobreza y desigualdades, entre otras acciones está crear escuelas en Marruecos y facilitar la educación de los más pequeños. Tuve la ocasión de visitar una escuela a 5km de Merzouga en una pedanía llamada Hassi Labied, que significa “Pozo Blanco”. Contar la realidad, no creo que tenga merito, contar lo que ocurre, no tiene merito, tienes que ir y verlo, valorar las cosas y hacer que las personas que te rodean hagan lo mismo. Escucho muchas veces a conocidos decir que los juguetes de sus hijos no les caben en la casa, que hay ropa o zapatos que no les da tiempo estrenar porque ya han crecido. Aquí te pones frente a personitas que no levantan un metro del suelo y te sientes insignificante, te miran fijamente a los ojos de forma descarada y sin miedo, miran tu ropa de marca, tus zapatillas último modelo y tu cámara de fotos que cuesta lo que no ganarán sus familias en años. Sólo te miran porque no entienden el porque les observas, en pleno invierno el que más lleva unas chanclas o zapatillas de casa, y la que menos unas  tres o cuatro tallas menos que no ha podido cambiar aún.

Cuento todo esto porque quiero que esta crónica no sea una carrera más, es una inmersión a otra cultura, el adentrarte en el desierto, pero viviendo y viendo cómo viven, conociendo lo malo y lo bueno de su cultura, pero sobretodo conociendo gente, corredores y organizadores que dejan el pellejo en hacer que vivamos la mejor de nuestras aventuras. 

Muchas gracias a toda la organización, desde voluntarios, equipo técnico, equipo médico, conductores de 4×4, cocineras, conductor del autobús, personal del albergue, por hacerlo tan fácil y a la vez único.

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Me quedo con una frase que se convirtió en la clave del viaje, me la dijo un bereber nómada, pero me di cuenta después al referirla a otros bereberes que es un himno para ellos, la guardo para mi, y os la regalo:

“ La vida es como una vaca, a veces te da leche, a veces te da caca ”

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Lola Bezper

“Para que quieres una vida, sino sabes vivirla”

Fotos: Lola Bezper y organización Falco Desert

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